domingo, 28 de abril de 2013

ÚLTIMO CAPÍTULO DE REBELIÓN EN LA GRANJA


En abril, Granja Animal fue proclamada República, y se hizo necesario elegir un Presidente. Había un solo candidato: Napoleón, que resultó elegido por unanimidad. 


El mismo día se reveló que se había descubierto nuevos documentos de la complicidad de Snowball con Jones. Parecía que Snowball estuvo peleando abiertamente a favor de Jones, dirigió las fuerzas humanas y arremetió en la batalla con las palabras "¡Viva la Humanidad!" Las heridas sobre el lomo de Snowball, que varios animales aún recordaban haber visto, fueron infligidas por los dientes de Napoleón. 

A mediados del verano, Moses, el cuervo, reapareció en la granja, tras una ausencia de varios años. No había cambiado nada, continuaba sin hacer trabajo alguno y se expresaba igual que siempre respecto al Monte Caramelo. "Allá arriba, camaradas, decía señalando el cielo, allá arriba, justo detrás de esa nube está situado Monte Caramelo, esa tierra feliz, donde nosotros, pobres animales descansaremos para siempre de nuestras labores". Hasta sostenía que estuvo allí en uno de sus vuelos a gran altura y había visto los campos de trébol y las tortas de semilla de lino y los terrones de azúcar creciendo en los cercos. Muchos de los animales le creían. Actualmente, razonaban ellos, sus vidas no eran más que hambre y trabajo; ¿no resultaba, entonces, correcto y justo que existiera un mundo mejor en alguna parte? Una cosa difícil de determinar era la actitud de los cerdos hacia Moses. Todos ellos declaraban, que sus cuentos respecto a Monte Caramelo eran mentiras y, sin embargo, le permitían permanecer en la granja, sin trabajar, con una pequeña ración de cerveza por día. 

En verdad, todos los animales trabajaron como esclavos ese año. Aparte de las faenas corrientes de la granja y la reconstrucción del molino, estaba la escuela para los cerditos, que se comenzó en marzo. A veces las largas horas de trabajo con insuficiente comida eran difíciles de aguantar, pero Boxer nunca vaciló. En nada se exteriorizaba señal alguna de que su fuerza ya no fuese la de antes. Los demás decían que Boxer se restablecería cuando apareciera el pasto de primavera; pero llegó la primavera y Boxer no engordó. En ocasiones se veía que sus labios formulaban "Trabajaré más fuerte"; voz no le quedaba. Un día de verano, se difundió rápidamente por la granja el rumor de que algo le había sucedido a Boxer. Se había ido solo a arrastrar un montón de piedras hasta el molino. Y, en efecto, el rumor era verdad, dos palomas llegaron a todo vuelo con la noticia: "¡Boxer ha caído! ¡Está tendido de costado y no se puede levantar!" los animales de la granja salieron corriendo hacia la loma donde estaba, yacía Boxer, entre las varas del carro, el pescuezo estirado, sin poder levantar la cabeza. Clover cayó de rodillas a su lado. ¡Boxer! gritó, ¿cómo te sientes? Es mi Pulmón dijo Boxer, con voz débil. No importa. Yo creo que podrán terminar el molino sin mí. Hay una buena cantidad de piedra acumulada. De cualquier manera, sólo me quedaba un mes más. A decir verdad, estaba esperando la jubilación. Y como también Benjamín se está poniendo viejo, tal vez le permitan retirarse al mismo tiempo, y así seremos compañeros. 

Debemos obtener ayuda, reclamó Clover. Corra alguien a comunicarle a Squealer lo que ha sucedido. Al cuarto de hora apareció Squealer, demostrando alarma y sumo interés. Dijo que el camarada Napoleón, enterado con aflicción de esta desgracia que había sufrido uno de los más leales trabajadores de la granja, estaba realizando gestiones para enviar a Boxer a un hospital de Willingdon para su tratamiento. Los animales se sintieron un poco intranquilos al oír esto. 

Exceptuando a Mollie y Snowball, ningún otro animal había salido jamás de la granja, y no les agradaba la idea de dejar a su camarada enfermo en manos de seres humanos. Squealer los convenció de que el veterinario en Willingdon podía tratar el caso de Boxer más satisfactoriamente que en la Granja. 

Durante dos días, Boxer permaneció echado, manifestó que si se reponía, podría vivir unos tres años más, y pensaba en los días apacibles que pasaría en el rincón de la pradera grande. Sería la primera vez que tendría tiempo libre, para estudiar y perfeccionarse. Tenía intención, dijo, de dedicar el resto de su vida a aprender las veintidós letras restantes del abecedario. 

Benjamín y Clover sólo podían estar con Boxer después de las horas de trabajo, y a mediodía llegó el carro para llevárselo. Los animales estaban trabajando, bajo la supervisión de un cerdo, cuando fueron sorprendidos al ver a Benjamín venir al galope desde la casa. Nunca habían notado a Benjamín tan excitado; "¡Pronto, pronto!, gritó. ¡Vengan enseguida! ¡Se están llevando a Boxer!" Sin esperar órdenes del cerdo, los animales abandonaron el trabajo y corrieron hacia los edificios de la granja. Efectivamente, en el patio había un carro cerrado tirado por dos caballos, y un hombre de aspecto taimado en el asiento del conductor. La pesebrera de Boxer estaba vacía. 

Los animales se agolparon junto al carro. ¡Adiós, Boxer!, gritaron a coro, ¡adiós! 

¡Tontos! ¡Estúpidos! exclamó Benjamín saltando alrededor de ellos y pateando el suelo con sus cascos. ¡Tontos! ¿No veis lo que está escrito en los lados de ese carro?, se hizo el silencio. Muriel comenzó a deletrear las palabras. Pero Benjamín la empujó a un lado y en medio de un silencio sepulcral leyó: "Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola, Willingdon. ¿No entienden lo que significa eso? ¡Lo llevan al descuartizador! 

Los animales lanzaron un grito de horror. ¡Boxer!, gritó. ¡Boxer! ¡Boxer! Y justo en ese momento, como si hubiera oído el alboroto afuera, la cara de Boxer, con la mancha blanca en el hocico, apareció por la ventanilla trasera del carro. ¡Boxer!, gritó Clover con terrible voz. ¡Boxer! ¡Sal de ahí! ¡Sal pronto! ¡Te llevan hacia la muerte! 

Todos los animales se pusieron a gritar: "¡Sal de ahí, Boxer, sal de ahí!", pero el carro ya había tomado velocidad y se alejaba de ellos. No se supo si Boxer entendió lo que dijo Clover. 

Boxer no volvió a ser visto. Tres días después se anunció que había muerto en el hospital de Willingdon, Squealer anunció la noticia a los demás. Me susurró que su único pesar era morir antes de haberse terminado el molino. "Adelante camaradas, murmuró. Adelante en nombre de la Rebelión. ¡Viva Granja Animal! ¡Viva el camarada Napoleón! ¡Napoleón siempre tiene razón!" Esas fueron sus últimas palabras, camaradas. 

Aquí el porte de Squealer cambió repentinamente. Permaneció callado un instante, y sus ojillos lanzaron miradas de desconfianza de un lado a otro antes de continuar. 

Había llegado a su conocimiento, dijo, algunos animales notaron que el carro que transportó a Boxer llevaba la inscripción “Matarife de caballos", y sacaron precipitadamente la conclusión de que ése era, en realidad, el destino de Boxer. Resultaba casi increíble, dijo Squealer, que un animal pudiera ser tan estúpido. Seguramente, gritó indignado, agitando la cola y saltando de lado a lado, seguramente ellos conocían a su querido líder, camarada Napoleón. Pero la explicación, en verdad, era muy sencilla. El carro fue propiedad del descuartizador y había sido comprado por el veterinario, que aún no había borrado el nombre anterior. Así fue cómo surgió el error. 

Los animales quedaron aliviados al escuchar esto. Y cuando Squealer continuó dándoles más detalles gráficos del lecho de muerte de Boxer, la atención que recibió y las costosas medicinas que pagara Napoleón sin fijarse en el costo, sus últimas dudas desaparecieron. 

Napoleón mismo apareció en la reunión del domingo siguiente. No era posible traer de vuelta los restos de su lamentado camarada para ser enterrados en la granja, Napoleón finalizó su discurso recordándoles los dos lemas favoritos de Boxer: "Trabajaré más fuerte" y "El camarada Napoleón tiene razón siempre", lemas, dijo, que todo animal haría bien en adoptar para sí mismo. Esa noche se oyó el ruido de cantos bullangueros, seguidos de una violenta disputa que terminó con un tremendo estrépito de vidrios. Nadie se movió en la casa antes del mediodía siguiente y se corrió la voz de que, los cerdos se habían agenciado dinero para comprar otro cajón de whisky. 

Pasaron los años. Las estaciones llegaron y se fueron; las cortas vidas de los animales pasaron volando. Llegó una época en que ya no había nadie que recordara los viejos días anteriores a la Rebelión, exceptuando a Clover, Benjamín, Moses el cuervo, y algunos cerdos. 

Muriel había muerto; Bluebell, Jessie y Pincher habían muerto. Jones también murió. Snowball fue olvidado. Boxer estaba olvidado asimismo, excepto por los pocos que lo habían tratado. Clover era ya una yegua vieja y gorda. Ya hacía dos años que había cumplido la edad para retirarse, pero en realidad ningún animal se había jubilado. Hacía tiempo que no se hablaba de apartar un rincón del campo de pastoreo para animales jubilados. Napoleón era ya un cerdo maduro, de unos ciento cincuenta kilos. Squealer estaba tan gordo que tenía dificultad para ver más allá de sus narices. Únicamente el viejo Benjamín estaba más o menos igual que siempre, exceptuando que el hocico lo tenía más canoso y, desde la muerte de Boxer, estaba más malhumorado y taciturno que nunca. 

Había muchos más animales que antes en la granja, aunque el aumento no era tan grande como se esperara en los primeros años. Nacieron numerosos animales, para quienes la Rebelión era una tradición casi olvidada, transmitida de palabra; y otros, que habían sido adquiridos, jamás oyeron hablar de semejante cosa antes de su llegada. La granja poseía ahora tres caballos, además de Clover. Eran bestias de prestancia, trabajadores de buena voluntad y excelentes camaradas, pero muy estúpidos. 

Ninguno de ellos logró aprender el alfabeto más allá de la letra B. Aceptaron todo lo que se les contó respecto a la rebelión y los principios del Animalismo, especialmente por Clover, a quien tenían un respeto casi filial; pero era dudoso que hubieran entendido mucho de lo que se les dijo. 

La Granja estaba más próspera mejor organizada, hasta había sido ampliada con dos franjas de tierra compradas al señor Pilkington. El molino, sin embargo, no fue empleado para producir energía eléctrica. Se utilizó para moler maíz y produjo una excelente utilidad en efectivo. Los animales estaban trabajando mucho en la construcción de otro molino más: cuando éste estuviera terminado, según se decía, se instalarían allí los dínamos. Pero los lujos con que Snowball hiciera soñar a los animales, las pesebreras con luz eléctrica y agua caliente y fría, y la semana de tres días, ya no se mencionaban. Napoleón había censurado. La verdadera felicidad, dijo él, consistía en trabajar mucho y vivir frugalmente. 

De algún modo parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin enriquecer a los animales mismos: exceptuando, naturalmente, los cerdos y los perros. Tal vez eso se debiera en parte a que había tantos cerdos y tantos perros. Existía, como 

Squealer nunca se cansaba de explicarles, un sinfín de labor en la supervisión y organización de la granja. Gran parte de este trabajo tenía características tales que los demás animales eran demasiado ignorantes para concebirlo. Por ejemplo, Squealer les dijo que los cerdos tenían que realizar un esfuerzo enorme todos los días acerca de unas cosas misteriosas llamadas "legajos", "informes", "actas" y "memorándum". Se trataba de largas hojas de papel que tenían que ser llenadas totalmente con escritura, y tan pronto estaban así cubiertas eran quemadas en el horno. Esto era de suma importancia para el bienestar de la granja, señaló Squealer. Pero de cualquier manera, ni los cerdos ni los perros producían nada comible mediante su propio trabajo; había muchos de ellos, y siempre tenían buen apetito. 

En cuanto a los otros, su vida, por lo que ellos sabían, era lo que fue siempre. Generalmente tenían hambre, dormían sobre paja, bebían de la laguna, trabajaban en el campo; en invierno sufrían los efectos del frío y en verano de las moscas. A veces los más viejos entre ellos esforzaban sus turbias memorias y trataban de determinar si en los primeros días de la Rebelión, cuando la expulsión de Jones aún era reciente, las cosas fueron mejor o peor que ahora. No alcanzaban a recordar. No había con qué comparar su vida presente, no tenían en qué basarse, exceptuando las listas de cifras de Squealer que, invariablemente, demostraban que todo mejoraba más y más. Los animales no encontraron solución al problema; de cualquier forma, tenían ahora poco tiempo para especular con estas cosas. Únicamente el viejo Benjamín manifestaba recordar cada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca fueron, ni podrían ser, mucho mejor o mucho peor; el hambre, la opresión y el desengaño eran, así dijo él, la ley inalterable de la vida. 

Todavía era la única granja en todo el condado, poseída y manejada por animales. 

La República de los Animales que Mayor pronosticaba, cuando los 

campos verdes de Inglaterra no fueran hollados por pies humanos, todavía era su creencia. Algún día llegaría; tal vez no fuera pronto, quizá no sucediera durante la existencia de la actual generación de animales, pero vendría. Hasta la canción Bestias de Inglaterra era seguramente tarareada a escondidas, aquí o allá; de cualquier manera era un hecho que todos los animales de la Granja la conocían, aunque ninguno se hubiera atrevido a cantarla en voz alta. Podría ser que sus vidas fueran penosas y que no todas sus esperanzas se vieran cumplidas. Si pasaban hambre, no lo era por alimentar a tiránicos seres humanos; si trabajaban mucho, al menos lo hacían para ellos mismos. Todos los animales eran iguales. 

Un día, a principios de verano, Squealer ordenó a las ovejas que lo siguieran, y las condujo hacia un pedazo de tierra no cultivada en el otro extremo de la granja. Las ovejas pasaron todo el día allí comiendo las hojas bajo la supervisión de Squealer. Al anochecer, él volvió a la casa, pero, como hacía calor, les dijo a las ovejas que se quedaran donde estaban. Al final permanecieron allí toda la semana y en ese lapso los demás animales no las vieron para nada. Squealer permanecía con ellas durante la mayor parte del día. Dijo que les estaba enseñando una nueva canción, para lo cual se necesitaba el aislamiento. 

Una tarde, al poco tiempo de haber vuelto las ovejas, los animales ya habían terminado de trabajar y regresaban hacia los edificios de la granja, se oyó desde el patio el relincho aterrorizado de un caballo. Alarmados, los animales se detuvieron bruscamente. Era la voz de Clover. Relinchó de nuevo y todos se lanzaron al galope entrando precipitadamente en el patio. Entonces observaron lo que Clover había visto. Era un cerdo caminando sobre sus patas traseras. Sí, era Squealer, estaba paseándose por el patio. Y un rato después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de cerdos, todos caminando sobre sus patas traseras. Finalmente, se oyó un tremendo ladrido de los perros y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor. 

Llevaba un látigo en la mano. Se produjo un silencio de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra otros, los animales observaban la larga fila de cerdos marchando lentamente alrededor del patio. Era como si el mundo se hubiese vuelto patas arriba. Llegó un momento en que pasó la primera impresión y, a pesar de todo, a pesar de su terror a los perros y de la costumbre adquirida durante muchos años, de nunca quejarse, nunca criticar, podían haber emitido alguna palabra de protesta. Pero justo en ese instante, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas estallaron en un tremendo balido: "¡Cuatro patas sí, dos patas mejor!. ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor!. ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor!" Y cuando las ovejas callaron, la oportunidad para protestar había pasado, pues los cerdos entraron nuevamente en la casa. 

Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era Clover. Sus viejos ojos parecían más apagados. Sin decir nada, le tiró suavemente de la crin y lo llevó hasta el extremo del granero principal, donde estaban inscritos los Siete Mandamientos. Durante un minuto o dos estuvieron mirando la pared alquitranada con sus blancas letras. 

- La vista me está fallando, dijo ella finalmente. Ni aun cuando era joven podía leer lo que estaba ahí escrito. Pero me parece que esa pared está cambiada. ¿Están igual que antes los Siete Mandamientos, Benjamín? 

Por primera vez Benjamín consintió en quebrar su costumbre y leyó lo que estaba escrito en el muro. 

Allí no había nada, excepto un solo Mandamiento. Este decía: 

TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS SON MÁS IGUALES QUE OTROS 

Después de eso no les resultó extraño que al día siguiente los cerdos que estaban supervisando el trabajo de la granja llevaran todos látigos en la mano. No les pareció raro enterarse de que los cerdos se habían comprado una radio, estaban gestionando la instalación de un teléfono y se habían suscrito a John Bull, Tit-Bits y el Daily Mirror. No les resultó extraño cuando vieron a Napoleón paseando por el jardín de la casa con una pipa en la boca; no, ni siquiera cuando los cerdos sacaron la ropa del señor Jones de los roperos y se la pusieron. Napoleón apareció con una chaqueta negra, pantalones, mientras que su favorita lucía el vestido de seda de la señora Jones. Una semana después, por la tarde, cierto número de coches llegó a la granja. 

Una delegación de granjeros vecinos había sido invitada para realizar una inspección. Los animales estaban escardando el campo. Trabajaban casi sin despegar las caras del suelo y sin saber si debían temer más a los cerdos o a los visitantes humanos. 

Esa noche se escucharon fuertes carcajadas y canciones desde la casa. El sonido de las voces entremezcladas despertó la curiosidad de los animales. ¿Qué podía estar sucediendo allí, ahora que, por primera vez, animales y seres humanos estaban reunidos en igualdad de condiciones?, se arrastraron en el mayor silencio hasta el jardín de la casa, se detuvieron, un poco asustados, pero Clover avanzó resueltamente y los demás la siguieron, espiaron por la ventana del comedor. Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados media docena de granjeros y media docena de los cerdos más eminentes, ocupando Napoleón el sitial de honor en la cabecera. Los cer- 

dos parecían encontrarse en las sillas completamente a sus anchas. El grupo estaba jugando una partida de naipes, pero había dejado el juego un momento, para brindar. Una jarra grande estaba pasando de mano en mano y los vasos se llenaban de cerveza una y otra vez. 

El señor Pilkington, se puso en pie, con un vaso en la mano iba a solicitar un brindis a los presentes, se consideraba obligado a decir unas palabras. 

Era para él motivo de satisfacción, dijo, y seguro que, para todos los asistentes, comprobar que un largo periodo de desconfianza y desavenencias llegaba a su fin. Hubo un tiempo en que los respetables propietarios de Granja Animal fueron considerados, con cierta dosis de recelo por sus vecinos humanos. Se produjeron incidentes infortunados. Se creyó que la existencia de una granja poseída y manejada por cerdos era en cierto modo anormal y que podría tener un efecto perturbador en el vecindario. Demasiados granjeros supusieron, sin la debida investigación, que en dicha granja prevalecía un espíritu de libertinaje e indisciplina. Habían estado preocupados respecto a las consecuencias que ello acarrearía a sus propios animales o aun sobre sus empleados humanos. Pero todas estas dudas ya estaban disipadas. El y sus amigos acababan de visitar Granja Animal y de inspeccionar cada pulgada ¿y qué habían encontrado?, una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para todos los granjeros de todas partes. Él creía que estaba en lo cierto al decir que los animales inferiores de Granja Animal hacían más trabajo y recibían menos comida que cualquier animal del condado. En verdad, él y sus colegas visitantes observaron muchos detalles que pensaban implantar en sus granjas inmediatamente. 

Quería terminar su discurso, dijo, recalcando el sentimiento amistoso entre Granja Animal y sus vecinos. ¿No era el problema de los obreros el mismo en todas partes? ¡Si bien ustedes tienen que lidiar con sus animales inferiores, dijo, nosotros tenemos nuestras clases inferiores! Pilkington nuevamente felicitó a los cerdos por las magras raciones, las largas horas de trabajo y la falta general de trato blando que observara en Granja Animal. 

Y ahora, dijo finalmente, iba a pedir a los presentes que se pusieran de pie, un vitoreo entusiasta y un golpear de pies y patas. Napoleón estaba tan complacido, que dio la vuelta a la mesa para chocar su vaso contra el del señor Pilkington antes de vaciarlo. 

Cuando terminó el vitoreo, Napoleón, insinuó que también él tenía que decir algunas palabras, él tenía el honor de controlar, agregó, era una empresa cooperativa. Los títulos de propiedad, que estaban en su poder, pertenecían a todos los cerdos en conjunto.. 

Hasta entonces los animales de la granja tenían una costumbre algo tonta de dirigirse unos a otros como "camarada". Eso iba a ser suprimido. 

Tenía que hacer una sola crítica al magnífico y amistoso discurso del señor Pilkington. El señor hizo referencia en todo momento a Granja Animal. No podía saber, naturalmente, porque él, Napoleón, ahora lo anunciaba por primera vez, que el nombre Granja Animal había sido abolido. 

Desde ese momento la granja iba a ser conocida como Granja Manor, el cual, creía, fue su nombre verdadero y original. Señores, éste es mi brindis: ¡Por la prosperidad de Granja Manor! 

Se repitió el mismo cordial vitoreo de antes y los vasos fueron vaciados de un trago. Pero a los animales que desde fuera observaban la escena les pareció que algo raro estaba ocurriendo. ¿Qué era lo que se había alterado en los rostros de los cerdos? Los viejos y apagados ojos de Clover pasaron rápida y alternativamente de un rostro a otro. Algunos tenían cinco papadas, otros tenían cuatro. Pero ¿qué era lo que parecía diluirse y transformarse? Luego; finalizados los aplausos, los concurrente tomaron nuevamente los naipes y continuaron la partida, alejándose los animales en silencio. 

Pero no habían dado veinte pasos cuando se pararon bruscamente. Un alboroto de voces venía desde la casa. Corrieron de vuelta y miraron nuevamente por la ventana. Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas furiosas. El origen del conflicto parecía ser que tanto Napoleón como el señor Pilkington habían jugado simultáneamente un as de espadas cada uno. 

Doce voces estaban gritando enfurecidas, y eran todas iguales. No existía duda de lo que sucediera a las caras de los cerdos. Los animales de afuera miraron del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible discernir quién era quién…..FIN.

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